Aquella mañana de diciembre, Cloe estaba decidida a encontrar el mejor regalo para su hermana Ana. Antes de enfundarse su abrigo negro de algodón y rebuscar entre los cajones sus viejos guantes de color azul, se detuvo un instante a contemplar la imagen en blanco y negro de la pequeña Ana, sonriendo, con la eterna chispa de vida en sus ojos. Aquella fotografía en el centro de la cómoda de su habitación parecía ya antigua y desgastada. Se apresuró. Descendió deprisa las escalera de su pequeño apartamento en el barcelonés barrio de Sants. Al salir a la calle, una bocanada de aire heló instantamenamente la punta de su nariz y enrojeció sutilmente el blanco de sus grandes ojos azules. Quedaban pocos días ya para Navidad. Avanzó. Centenares de personas iban de un lado a otro nerviosos con ganas de gastar. ¿Qué podía comprar para hacerla feliz?- se preguntó.
Los escaparates mostraban fotografías de bellas mujeres sonriendo. Espontáneas, perfectas, con la piel de vainilla o de ébano, con sus gestos expresando pura felicidad.
Un escaparate muy iluminado le llamó especialmente la atención. Cloe acercó su naricilla entumecida al vidrio de aquella moderna tienda de juguetes. Una fina barrera de cristal separaban el mundo real del mundo de fantasía, colores y personajes afables que se mostraban alegres intentando cautivar la mirada infantil.
- Mamá, comprámelo, comprámelo…el que más me gusta es la familia de caballitos que hay allí.
De reojo, Cloe observó a una pequeña niña peliroja que estiraba de la falda de su madre que sin inmutarse hablaba por el movil. Cloe la miró de frente y le sonrió. La niña no le devolvió la sonrisa y no cesó en su objetivo de conseguir su juguete.
Cloe se entristeció un poco al percatarse de la indiferencia de la niña. La siguió con la mirada. A unos pocos metros, la pequeña señaló otro escaparate, olvidándose de inmediato de la tierna familia de caballitos. Repitió la jugada, de nuevo estiró de la falda de su madre, esta vez con más intensidad. Cloe ya no alcanzaba a ver qué anhelaba esta vez.
Sin embargo, justo a unos metros de la niña, pudo observar un vagabundo sentado en un bordillo cerca del escaparate. Sostenía un vaso de coca cola, imaginó que con alguna moneda en el interior. A su lado, un perro viejo reclinaba su cabeza en una de sus piernas estiradas, sobre un pantalón mugriento. El can, como él hombre, aparecía invisible para el mundo que disfrutaba del inicio de la Navidad. La niña tampoco se paró a mirarlos. Aquella imagen no despertó ningún gesto en su rostro infantil absorvida por la caza del juguete.
Cloe giró la cara. Avanzó un poco más desganada en busca del regalo para su hermana Ana. Pero de repente, no podía dejar de mirar el rostro de la gente, apresurada, irascible, sobervios algunos, solitarios otros. Las personas cargadas de bolsas no sonreían. Los escaparates mostraban miles de cosas que poder comprar para volver a ser feliz pero aún así la gente no sonreía.
Inconscientemente pensó en Ana. Ana era una niña especial, muy especial, aunque en otros términos, había gente que se refería a ella como ‘una niña con problemas’. Tenía quince años.
Era feliz observando a los pájaros, buscando caracoles los días de lluvia, chapoteando en los charcos o pronunciando en voz alta el color de las flores en primavera. Sabía que los regalos para Ana no se regían por la misma escala de valores que las personas ‘normales’ y que las cosas que interesaban a su hermana no se encontraban en aquellos escaparates. Así que como cada año por Navidad, Cloe regresó a su casa hastiada de las personas normales con el firme objetivo de inventar un original regalo para Ana, ‘la niña con problemas’ que siempre mostraba la chispa de la vida en sus ojos.
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Este simple relato de la experiencia de Cloe quería dibujar de alguna manera nuestra falsa relgión. Tenemos cierta ilusión de que acumulando cosas materiales seremos más felices y nos realizaremos. En este sentido, hay un libro, muy recomendable, que habla de ello. ‘Zen en la Plaza del Mercado, su autor Dokusho Villalba habla de la religión que impera en todo el globo terraqueo: la religión del mercado:
“La religión del mercado es un sistema de pensamiento y una forma de vida profundamente destructivos para la humanidad y un desastre ecológico sin precedentes…” ” la religión del mercado es un sistema de valores que se ha inoculado profundamente en el interior de las mentes de millones de individuos”
Este libro que promueve entre otros aspectos la meditación como una poderosa herramienta para contactar con nuestra esencia define nuestro sistema de valores de la siguiente manera:
“La ilusión que nos inocula la religión del mercado consiste en hacernos creer que a satisfacción de todas estas necesidades se consigue únicamente con la obtención de beneficios materiales y el consumo de objetos materiales.
Dokusho Villalba realiza una interesante reflexión sobre nuestro sostenido en dos pilares: la avaricia y la codicia.
“La avaricia y la codicia deben ser consideradas también por la sociedad civil como un crimen contra la humanidad y contra el planeta Tierra… frente a ellas debemos fortalecer la voluntad moral, tal y como enseñan las religiones semíticas, y desvelar el enorme error cognitivo de la ignorancia, como enseñan las religines asiáticas.
Ganamos algunas cuentas de colores, un bienestar ficticio, y a cambio nos perdemos a nosotros mismo. A todas luces se trata de un mal negocio para la inmensa mayoría de los seres que poblamos este planeta”.
http://www.librosaguilar.com/es/libro/zen-en-la-plaza-del-mercado/
Ana, ‘la niña con problemas’, sugiere una experiencia Zen. Disfruta observando pájaros, visualizando de manera consciente el color de las flores…
El personaje de Ana quiere ser el dibujo de un ser puro, cuya existencia es sencilla, cuyas experiencias diarias son valiosas y plenas en si mismas. Una manera de vivir todavía lejana y de la que aprender para muchos de nosotros.